30 enero 2010

O magnum mysterium (TOMÁS LUIS de VICTORIA)

O MAGNUM MYSTERIUM (T. L. de VICTORIA)


Fiel al estilo de su época (segunda mitad del s. XVI, lo que denominamos manierismo o tercer periodo del Renacimiento), Victoria se rinde al texto para componer el que es uno de los más bellos motetes de la historia de la música. El antiguo motete del Ars Nova ahora se ve simplificado: ya las voces cantan el mismo texto, el tenor se diluye entre las demás voces según el procedimiento imitativo y se prescinde del acompañamiento instrumental.

Esta búsqueda de la simplicidad es, en parte, responsabilidad del Concilio de Trento (1545-1563): “Todas las cosas deben de estar ordenadas de tal manera que las misas, se celebren con música o no, lleguen tranquilamente a los oídos y corazones de aquellos que las escuchen, cuando todo se ejecute con claridad y velocidad correcta.”

La influencia de Palestrina (músico de Roma claramente involucrado con la Iglesia) fue determinante para Victoria a la hora de encontrar su propio lenguaje. En este motete podemos apreciar esos rasgos de la música de Victoria, siendo éstos la exclusión de complicaciones contrapuntísticas en beneficio del texto, el elevado misticismo y la sencillez.

Sin abandonar la idea del motete de un conjunto de episodios cada uno con su respectivo tema musical, Victoria introduce pinceladas de genialidad que dotan a esta obra de brillantez frente a las demás, siendo estas pinceladas avances técnicos de la música que vendrá después. ¿Cómo explicar si no el comienzo del motete donde un gran número de analistas comete el error de denominarlo sujeto? Estando la obra escrita en el modo protus (o dórico) transportado a sol, jamás podremos llamar sujeto a un motivo que podemos armonizar como dominante. En cambio, sí podemos denominarlo respuesta, y entonces nos encontramos con una exposición a la inversa, resultando así en las cuatro voces: respuesta-sujeto-respuesta-sujeto. Este planteamiento es más propio de una fuga barroca que de un motete renacentista, pero Victoria es el precedente de los grandes compositores de los siglos posteriores e introduce peculiaridades que servirán a éstos de punto de partida.

Pero no todo es innovación en la música de Victoria. Como comentaba al comienzo, el compositor sigue las normas de su época y se rinde al texto. Hay que destacar cómo adorna determinadas palabras o mediante la música crea ese halo de misterio que recubre todo el motete. Podemos apreciar alguno de estos elementos descriptivos a partir del compás 40, cuando detiene el estilo contrapuntístico para hacer énfasis en las palabras “O beata”, haciéndolo en homofonía. Homofonía que abandona al instante pues no repara en ornamentar con grandes melismas la palabra “Virgo” que, al tratarse de la Virgen, requiere este sobrecargamiento.

También es de apreciar el tratamiento del texto del Alleluia: cómo comienza en estilo homofónico para que no haya duda de que el milagro se ha producido y cómo se van intercambiando las voces hasta llegar a la imitación, que es la eclosión de la alegría que produce el nacimiento del Hijo de Dios.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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